El cucú con el pañuelo
La cara desaparece, la cara vuelve: el juego que demuestra que lo que se va puede volver.
El cucú con el pañuelo es una actividad Montessori para un niño de 12-18 meses. Ámbito: Lenguaje. Duración: 5 min.
Qué aporta la actividad
Construir la permanencia del objeto, base de la seguridad afectiva y del lenguaje.
El material
- Un pañuelo fino, lo bastante grande para cubrir una cara
- Un lugar cómodo, cara a cara
- Nada más
Cómo hacerlo, paso a paso
- Siéntese frente a él, a su altura.
- Póngase el pañuelo en SU propia cara, sin decir nada.
- Espere un instante, y retírelo sonriendo.
- Repita, variando la duración de la espera.
- Ponga después el pañuelo sobre un objeto, y déjele encontrarlo solo.
El papel del adulto
Empiece siempre escondiéndose usted, nunca él: es usted quien debe desaparecer y volver, para que aprenda que el regreso es seguro. Pare de inmediato si la espera le inquieta.
Seguridad
⚠️ Un pañuelo sobre la cara de un niño es un riesgo de asfixia: es USTED quien se cubre, nunca él, y el pañuelo se queda en sus manos. Guárdelo en alto en cuanto termine la actividad, nunca en la cuna.
Solo usted puede juzgar qué le conviene a su hijo. Estas actividades tienen un fin educativo y lúdico: no sustituyen ni el consejo médico ni el acompañamiento de un profesional de la primera infancia.
Para adaptar la actividad
- Más fácil: sus manos delante de sus ojos, sin pañuelo.
- Más difícil: esconda un objeto bajo el pañuelo y déjele buscarlo.
- Para continuar: esconda el objeto bajo uno de los dos pañuelos, y que él elija.
Para seguir
Otras actividades para un niño de 12-18 meses.
Comer solo con la cuchara
Un cuenco pesado, un puré espeso, y la cuchara que por fin llega a su destino.
Quitarse los calcetines
El primer gesto de vestirse se hace al revés: primero se aprende a quitar, luego a poner.
Meter el brazo por la manga
Vestirse entre dos ya es vestirse: él estira el brazo, usted sujeta la manga.
Guardar un juguete en la cesta
Un objeto, una cesta, un sitio: el orden empieza siempre por una sola cosa.
Lavarse la cara con la manopla
Una manopla tibia, un espejo a su altura, y el primer cuidado que se da él mismo.
Tirar a la papelera
Llevar el papel hasta la papelera y soltarlo dentro: una misión completa.
El espejo en el suelo
Un espejo colocado bajo, y un niño que descubre, mirando largo rato, que esa cara es la suya.
La botella sensorial
Agua, purpurina, un tapón pegado: el mundo se vuelve lento dentro de una botella.
La cesta de las telas
Seda, lana, terciopelo: la mano aprende a distinguir antes que las palabras.
Frío o tibio
Dos manoplas, dos temperaturas, y una sensación que por fin tiene nombre.
Golpear las cacerolas
Una cuchara de madera, tres cacerolas, y la primera orquesta de la casa.
Sacar los pañuelos de la caja
Una caja de pañuelos, telas anudadas, y un tirar que parece no acabarse nunca.
Soltar las pelotas en la cesta
Coger es fácil, soltar en el momento justo es todo un aprendizaje.
Encajar los vasos
Tres vasos, tres tamaños: el más pequeño siempre termina entrando en el más grande.
Pasar las páginas de cartón
El libro es un objeto antes de ser una historia, y la página se pasa con dos dedos.
El tubo de las pelotas
La pelota entra por arriba, desaparece, y sale por abajo: magia mecánica, para repetir cien veces.
Abrir y cerrar un cajón
Un cajón bajo, solo para él, con siempre la misma cosa dentro.
Contar los gestos del baño
El baño se convierte en una lección de vocabulario, con solo nombrar lo que se hace mientras se hace.
Nombrar lo que se ve por la ventana
Nada que preparar: el mundo pasa al otro lado del cristal y espera a que lo nombren.
El álbum de las caras de la familia
Fotos de verdad de la gente que quiere, en un álbum que abre él solo.
Llenar y vaciar
El cubo lleno, el cubo vacío, y el trayecto incansable del uno al otro.
Dentro, fuera
El objeto entra en la caja, el objeto sale de la caja: la primera noción de espacio.
La cesta de frutas y verduras
Frutas de verdad, pesadas y perfumadas, para sopesar bien antes de comerlas.
El paseo a la altura del niño
Cincuenta metros en veinte minutos: el paseo más lento, y el más rico.